miércoles, 23 de diciembre de 2015

Las Saturnales y la Navidad


La Juventud de Baco. William Adolphe Bouguereau refleja el espíritu de las Saturnales. 1884

Las Saturnales eran una de las más importantes y conocidas festividades del calendario romano, realizadas en honor de Saturno, dios de la agricultura y de la vida civilizada; de alguna manera son precursoras de la Navidad, aunque también muestran algunos elementos heredados por el carnaval.
Tenían lugar precisamente entre los días 17 y 23 del mes de diciembre para conmemorar el fin del período más oscuro del año y el nacimiento de una nueva fase de luz coincidiendo con la entrada del sol en el signo de Capricornio (solsticio de invierno). Festejaban la finalización de las labores del campo tras la conclusión de la siembra del otoño y la espera hasta el momento de la recogida. Augusto pretendió sin éxito rebajar la duración de las Saturnales a tres días: el 17, el 18 y el 19.
Eran unas fiestas de alegría incontenible y de relajación de las rígidas costumbres sociales en las se sucedían los banquetes, los bailes, las borracheras y los intercambio de regalos entre familiares y amigos. Se cerraban los negocios, los niños no iban a las escuelas, la administración se paralizaba e incluso se permitían los juegos de azar, normalmente prohibidos.


Templo de Saturno en el Foro Romano. Roma 2011

Los festejos comenzaban con un sacrificio en el templo de Saturno, uno de los más antiguos e imponentes del Foro Romano, seguido de un banquete público al que estaba invitado todo el mundo. Saturno se asociaba al dios prehelénico Crono, que gobernaba la tierra cuando los hombres vivían felices sin separaciones sociales. Por ello durante estos días los esclavos era frecuentemente liberados de sus obligaciones y sus papeles, a veces eran cambiados con los de sus dueños, de ahí las semejanzas con asemeje el actual Carnaval.
Posteriormente, el nacimiento del Sol y su nuevo período de luz fueron sustituidos por la Iglesia haciendo coincidir en esas fechas el nacimiento de Cristo.
          Al igual que hoy en Navidad se decoraban las casas con plantas y se encendían velas para celebrar la venida de la luz y el año nuevo. Todas las clases sociales participaban en las fiestas y las calles se llenaban de gente que gritaba “Io Saturnalia” (“Vivan las Saturnales”). 


sábado, 19 de diciembre de 2015

Julo Antonio

Julo Antonio (Juan Diego Botto) en un fotograma de la serie Augusto, el primer emperador. 2004

Era el hijo pequeño de Marco Antonio y su tercera esposa Fulvia. Nacido en 43 a.C., tuvo una infancia muy complicada debido a la azarosa vida de sus padres.
En 40 a.C. su madre fue exiliada tras enfrentarse junto con el hermano de su marido, Lucio Antonio y 8 legiones, al entonces triunviro Octavio en la Batalla de Perusia mientras Marco Antonio estaba en Egipto viviendo la primera parte de su romance con la reina Cleopatra. 
Fulvia murió ese mismo año, por lo que el pequeño Julo de sólo tres años pasó a vivir con su padre y su nueva esposa, Octavia, hermana de su colega triunviral, que lo educó junto a su hermano Antilo y al resto de sus hijos propios: tres de su primer matrimonio con Cayo Claudio Marcelo y las dos hijas nacidas de su matrimonio con Marco Antonio. Tras el divorcio de su padre con su bondadosa madrastra, Antilo partió hacia Egipto con él mientras que Julo siguió viviendo con Octavia, que lo quiso y trató siempre como uno más de sus hijos.


Supuesto retrato de Marco Antonio. Siglo I a.c. Roma. Museos Capitolinos 

Tras el suicido de Marco Antonio y Cleopatra en el año 30 a.C., el futuro Augusto mandó asesinar a su hermano Antilo y a Cesarión pues a pesar de su corta edad ya eran hombres de pleno derecho. El primero tenía 16 años y el segundo 17. No obstante, perdonó la vida de Julo aunque ya tenía 13 años, probablemente a instancias de Octavia, que lo protegió especialmente, quizás conmovida por la infortunada infancia del ahora adolescente Julo.
Precisamente gracias a Octavia, Augusto trató siempre al hijo de Marco Antonio con gran consideración otorgándole importantes honores. En 21 a.C. lo casó con su sobrina Marcela la Mayor, recién divorciada de Agripa e hija de Octavia. Así entró de pleno derecho en la familia imperial, en la que quizás hasta ese momento se había sentido como un intruso. Fue retratado incluso en el Ara Pacis Augustae junto a su madrastra Octavia. Con Marcela tuvo tres hijos: Lucio y Cayo Antonio además de Julia Antonia (Augusto y el Senado habían prohibido que ningún varón de la gens Antonia volviera a llevar el praenomen Marco).

Julo Antonio, siguiendo a Octavia, acaricia la cabeza de Julia Menor en el Ara Pacis. 13-9 a.C.

Julo accedió a las más altas magistraturas del Estado: fue pretor en 13 a.C., cónsul en 10 a.C. y procónsul en Asia en 7 a.C. Apreciaba mucho a Augusto hasta el punto que Horacio dedica una Oda referida al instante en que Julo intentó escribir un poema para cantar el regreso del emperador desde la Galia“El que pretende, Julo, rivalizar con Píndaro, se confía en las céreas alas que Dédalo inventó, para dar su nombre a las cristalinas olas. Como río que se despeña del monte y engrosado por las lluvias extiende sus riberas, el gran Píndaro hierve y se precipita con raudal profundo; siempre digno del laurel de Apolo, ya siembre de voces nuevas sus audaces ditirambos en estrofas libres de toda ley, ya ensalce a los dioses o a los reyes, progenie divina, por cuyo valor fueron derribados los Centauros con justa muerte y apagadas las llamas de la espantosa Quimera.
Ya cante al atleta o al caballo vencedor, a quienes la palma de Elea equipara a los inmortales, glorificándolos más que cien estatuas; ya llore la suerte del joven arrebatado a la doliente esposa, y eleve a los cielos la fuerza, el valor y las puras costumbres que las sombras del Orco son impotentes a oscurecer. El cisne Dirceo en su pujante vuelo, ¡Oh Antonio!, consigue remontarse por encima de las nubes; yo, al modo de la abeja de Matina, que liba con afán solicito el oloroso tomillo, forjo humilde y laboriosamente mis canciones cerca del bosque o los húmedos arroyos de Tibur.
Tú cantarás con briosa inspiración las glorias de César (Augusto) cuando ceñido de laureles conduzca los feroces sigambros por la cuesta sagrada del Capitolio; nunca los destinos ni los benévolos dioses han concedido a la tierra príncipe tan excelso y tan justo, ni podrían dárnoslos, aunque tornásemos a la Edad de Oro.
Después cantarás los días venturosos y el júbilo inmenso de la ciudad, con el Foro cerrado a los procesos por la vuelta tan deseada del invencible Augusto. Entonces, si mi voz merece ser oída, se unirá con gusto a tus acentos, exclamando: “Oh día hermoso, día inolvidable que nos devuelves a César!” y durante su marcha solemne los ciudadanos alborozados prorrumpirán conmigo “ triunfo, triunfo!”, y levaremos nubes de incienso a los benignos dioses”. (Odas. Libro IV. II).
Era conocida la afición de Julo a escribir poemas y su fascinación por la cultura griega aunque no se ha conservado nada de lo que escribió.
      Sin embargo, por mucho que estimara a Augusto, la sangre siempre tira a la sangre. Es difícil que Julo hubiera olvidado todo el daño que le causó el Emperador, responsable de la muerte de su madre, de su padre y de su hermano mayor. Así que cuando Julia, la hija adorada del Príncipe se enamoró de él no desaprovechó la ocasión de intentar vengarse.

Julo Antonio (Juan Diego Botto) y Julia (Vittoria Belvedere) en un fotograma de la serie Augusto, el primer emperador. 2004

Los dos jóvenes se habían criado juntos. Luego la vida los llevó por diferentes caminos volviendo a coincidir ahora en los mismos círculos, formados por intelectuales con ideas contrarias a las del Principado. Se hicieron amantes al instante. Independientemente del amor que se tuvieran, mientras que Julo comenzaba a albergar ideas monárquicas basadas en un matrimonio con Julia, ésta probablemente sólo pensaba en divorciarse de Tiberio y buscar un aliado para proteger a sus hijos Cayo y Lucio, aún muy pequeños, frente a la facción de Livia y Tiberio en caso de que muriera Augusto. Por ello, ambos se unieron a una conjura que pretendía acabar con la vida del emperador en el 30 aniversario de la batalla de Accio, que tendría lugar el año siguiente (1 a.C.). Estarían claras las connotaciones románticas que tendría para Julo tal objetivo: vengar la memoria de su padre y recuperar su legado. Mientras que Julia casi con total seguridad desconocería el objetivo último de la conspiración.
Descubierta ésta, salieron a la luz todos los adulterios cometidos por Julia por lo que la joven fue desterrada a la isla de Pandataria. Sus numerosos amantes fueron condenados igualmente al exilio, salvo Julo Antonio que fue acusado de alta traición y condenado a muerte. El joven siguió el camino de su padre y acabó suicidándose. Este fue el triste epílogo para el último hijo varón de Marco Antonio que seguía con vida (los hijos egipcios habían muerto en su infancia). Un final sombrío para un año 2 a.C. que había sido hasta ese momento tan glorioso. Augusto vivió con gran amargura el doble dolor que le habían ocasionado en el propio seno de su familia.

domingo, 13 de diciembre de 2015

La deshonra de Julia

 "Cuando se gobierna no se puede admitir ningún tipo de debilidad a pesar de tu propio sufrimiento y del que puedas inflingir a los tuyos"
Augusto a Julia en la MIniserie Augusto, el primer emperador, 2004.

Julia la Mayor. Siglo I a.C. Berlín. Altes Museum

     El año 2 a.C., que tan brillantemente se había desarrollado en su primer semestre, acabó de la peor manera posible, pues tuvo lugar una conspiración contra Augusto liderada por Julo Antonio (el único hijo superviviente del matrimonio entre Marco Antonio y Fulvia) y la propia hija del emperador, Julia.
Con su marido Tiberio en el exilio voluntario, Julia (que siempre había mantenido una vida disoluta fuera del matrimonio) se volvió más descuidada. Tomó como amante a Julo Antonio, con el que se había criado (el pequeño había sido acogido en casa de su tía Octavia a la muerte de sus padres) y a quien había vuelto a reencontrar en los círculos que ambos frecuentaban (reunión de un grupo de intelectuales que pacíficamente mostraban su disconformidad con la pérdida de libertades que había supuesto el gobierno de Augusto). Desde ese momento ambos no hicieron nada por ocultar su pasión. 


Julia (Vittoria Belvedere) junto a Julo Antonio (Juan Diego Botto) en la miniserie Augusto, el primer emperador. 2004

     Por ello, los amantes se unieron a una conjura para acabar con la vida de Augusto en la fecha que se conmemoraba el 30 aniversario de la Batalla de Accio (que tendría lugar en el año 1 a.C.). Julo probablemente albergaba la romántica idea de vengar la memoria de su padre Marco Antonio, aún cuando éste lo abandonó y a Augusto debía todo lo que tenía, pues siempre había sido tratado como un miembro más de la familia imperial y había recibido una esmerada educación y un cursus honorum a la altura de su clase. Julia, por su parte, seguramente ignoraba la finalidad última de la rebelión, pues es dudoso que tuviera intención alguna de asesinar a su padre; ella sólo anhelaba poder obtener el divorcio para contraer matrimonio con Julo y asegurar el futuro de sus hijos, en caso de que Augusto falleciera pronto, frente a la facción de Tiberio y Livia. Esto se puso de manifiesto en una orgía nocturna por las calles de Roma, en las que la joven subida en los hombros de Julo Antonio, coronó una estatua de Marsias (símbolo de la libertad) para reivindicar su propia libertad. Precisamente Marsias era un sátiro que sufrió castigo por enfrentarse a Apolo (dios tutelar del emperador).
Cuando se descubrió la conjura, Julia fue acusada de traición y adulterio. En ese momento todas sus relaciones extramatrimoniales salieron a la luz. Augusto, rígido como siempre era a la hora de aplicar las leyes y de dar ejemplo, a pesar del inmenso dolor que sintió, no tuvo más remedio que desterrar a Julia, tal y como estipulaba la ley que en el 17 a.C. había promulgado para castigar severamente la infidelidad. Sus amantes y demás implicados en la conjura (que no llegó a ser más que una mera intención) fueron juzgados y condenados al destierro, a excepción de Julo Antonio que fue obligado a suicidarse.


Julia (Vittoria Belvedere) es llevada al exilio en la miniserie Augusto, el primer emperador. 2004

Julia partió hacia el exilio a la Isla de Pandataria acompañada de su madre, Escribonia, con la que apenas había tenido trato y que se ofreció a compartir el destino de su hija. En la pequeña isla, tenía prohibido el contacto con cualquier hombre incluso con los soldados encargados de vigilarla. No disponía de lujos ni siquiera en lo referente a la alimentación. Las pocas visitas que podía recibir eran supervisadas por Augusto que solicitaba incluso informes sobre el aspecto físico de los hombres para que no le resultaran atractivos a Julia.
Algunas fuentes hostiles a Livia apuntan la implicación de la emperatriz en la caída en desgracia de Julia con la intención de favorecer el regreso de su hijo. No obstante, es poco probable una intervención suya más allá de intentar advertir a Augusto sobre el comportamiento de su hija.


Augusto (Peter O'toole) y Julia (Vittoria Belvedere) en la miniserie Augusto, el primer emperador. 2004

El Príncipe soportó mucho peor la deshonra de Julia que la muerte de sus seres queridos, pues acostumbrado a imponer su voluntad se sintió humillado y ridiculizado además de ser consciente que había fracasado como padre. "Eres incapaz de querer a nadie. Sólo te importa tu Imperio Romano. Haz conquistado el mundo pero has perdido tu alma". Con esta palabras de despide Julia de Augusto en la MIniserie Augusto, el primer emperador.
El emperador estuvo largo tiempo recluido y alejado de la vida pública. Incluso no compareció en el Senado para acusarla sino que envío una carta con los delitos que se le atribuían y con los nombres de todos los implicados en la conjura. Cuando se enteró que la liberta encargada del cuidado de su su hija, Febe, se había suicidado, exclamó que “Desearía haber sido el padre de Febe”. (Suetonio. Vida de Augusto. 65,2-3). Augusto comunicó a Tiberio el divorcio de su hija, pero ni le perdonó su abandono ni le permitió volver del exilio, pues en el fondo lo culpaba de la degeneración de la conducta de Julia al no haber sabido llevar las riendas de su matrimonio.
A pesar de todo, los muchos seguidores de Julia continuamente reclamaban a Augusto su perdón. Este contestaba airado “¡que los dioses os castiguen con hijas o mujeres que se comporten del mismo modo!” (Dion Casio. Historia Romana. 55,13,1) o “antes se mezclarán el fuego y el agua que se le permita volver”;  algunos seguidores de Julia lanzaron antorchas encendidas al Tíber en señal de protesta (Suetonio. Vida de Augusto. 65,3).
Después de cinco años, Augusto cedió un poco y la trasladó a una isla de mayores dimensiones, Reghium a la vez que ordenó que se suavizaran un poco sus condiciones de vida. Aún así nunca volvió a pronunciar su nombre y dejó estipulado en su testamento que si le sobrevivía no la enterraran en su mausoleo.


Julia con Cayo César en el Ara Pacis Augustae. 13-9 a.C. Roma 2013

No sabemos como afectó el escándalo a Cayo y a Lucio César porque las fuentes no lo mencionan. Aunque era su progenitora, realmente habían pasado poco tiempo con ella desde el momento que fueron adoptados por su abuelo. No obstante, Julia amaba mucho a sus hijos y siempre estuvo pendiente de ellos y luchando por sus intereses por lo que no debían haber sido totalmente indiferentes a la desgracia de su madre, aunque públicamente intentaran esconder sus sentimientos para no contradecir a Augusto.  

domingo, 6 de diciembre de 2015

Padre de la Patria

“Cuando ejercía mi decimotercer consulado, el Senado, el orden ecuestre y el pueblo romano entero me designaron Padre de la Patria y decidieron que el título había de grabarse en el vestíbulo de mi casa, en la Curia y en el Foro de Augusto, así como en las cuadrigas que, con ocasión de un senadoconsulto, se habían erigido en mi honor”.
Augusto. Res Gestae Divi Augusti. 35

Cayo César niño. Copia de busto en mármol. Museo del Ara Pacis. Roma 2013

Pasado el desconcierto inicial que suscitó la renuncia de Tiberio a seguir ejerciendo cargo público alguno al servicio del Estado, Augusto siguió gobernando su Imperio, aliviado porque un año después de este hecho, su nieto mayor Cayo asumió la toga virilis cuando cumplió 15 años (en el año 5 a.C.) lo que suponía que se convertía en un hombre de pleno derecho. Ese mismo año fue nombrado princeps iuventutis (Príncipe de la Juventud) siendo reconocido también miembro honorario del orden ecuestre. Ambos títulos eran de nueva creación y eran más bien simbólicos, destinados a aumentar su prestigio, pues no implicaban poder ni responsabilidad real.
Poco más se sabe de los asuntos públicos durante estos años. Augusto se vio obligado a mandar a otros generales a liderar sus ejércitos, como es el caso de Lucio Domicio Enobarbo, casado con su sobrina Antonia Mayor, a quien le dio el mando de Germania. Aunque prefería dar el control de sus ejércitos a miembros de su familia, esto no siempre era así.


Augusto Legislador. Siglo I a.C. París. Museo del Louvre

         También se supone que durante este periodo el emperador viajó poco, pues temía dejar Roma desprotegida al no contar con un colega de gobierno de plena confianza, por lo que las delegaciones extranjeras tenían que acercarse hasta la capital del Imperio para entrevistarse con él. Múltiples eran las peticiones que le llegaban y que ahora tenía que atender en solitario. Por ejemplo en esta época las comunidades de Asia, asoladas por continuos terremotos le pidieron una exención de impuestos. Augusto les permitió no pagar impuestos durante dos años abonando él mismo de su dinero la suma equivalente al Estado. Gestos como este ponen de manifiesto la gran generosidad que siempre manifestó el Príncipe hacia sus súbditos más necesitados. De ahí que fuera tan amado y respetado.
En los años 4 y 3 a.C. Augusto reformó el procedimiento por el cual un gobernador provincial podía ser procesado, por extorsión u otros abusos de poder, más rápidamente al mismo tiempo que se establecieron más asentamientos de militares veteranos.
Sin embargo, el año 2 a.C. comenzó muy bien. Augusto ocupaba el consulado por decimotercera vez y Lucio César asumió la toga virilis. Fue nombrado augur y al igual que su hermano, Príncipe de la Juventud. El emperador cada vez confiaba más en sus adorados muchachos, y veía dichoso como empezaban a contraer cada vez mayores responsabilidades. No había mayor felicidad para él saber que el futuro de Roma estaba asegurado en la continuación de la sangre Julia.

Lucio César. Siglo I a.C. Cuenca. Museo

Ese mismo año se inició una campaña popular para conferir a Augusto el título de Pater Patriae (Padre de la Patria), el mayor honor que se podía dar a un gobernante romano, pues se había asignado en muy raras ocasiones. Los dos últimos que lo habían ostentado habían sido Julio César (tras la batalla de Munda) y Marco Tulio Cicerón (cuando descubrió la Conspiración de Catilina). Pero ninguno de ellos fue concedido con tanta rotundidad y apoyado por todos los estratos de una sociedad romana que valoraba la estabilidad traída por el Príncipe gracias a su dedicación absoluta a velar por el bienestar del Estado, independientemente de cuál hubiera sido su comportamiento, a veces dictatorial, en sus inicios, cuando solo era un joven ansioso de vengar la muerte de su padre adoptivo asesinado de una manera tan vil, cuya supervivencia era muy cuestionable. Con su trabajo incansable durante 30 años, ahora el pueblo y el Senado lo veían como un paterfamilia universal que había traído a Roma la paz y la prosperidad tan añorada tras décadas de guerras civiles.


Copia del Augusto de Prima Porta ante los restos del Foro de Augusto. En el pedestal se lee la incrispción "PATER PATRIAE". Roma 2013

De hecho el 5 de febrero en una sesión del Senado, fue Valerio Mesala en una sincero discurso (un senador que había luchado contra Augusto en Filipos y que siguió a Marco Antonio hasta Egipto para después pasarse al bando del entonces Octavio en Accio) quien se dirigió al antaño enemigo en estos términos: “¡Qué todas las bendiciones y el divino favor caigan sobre ti y tu familia, César Augusto! De este modo también suplicamos una perpetua buena fortuna para la república y alegría permanente para nuestra ciudad. El Senado y el Pueblo de Roma te saludan como Padre de la Patria. El Príncipe (con 61 años) se emocionó hasta tal punto con la distinción  que por primera vez en su vida se le llenaron los ojos de lágrimas en público al contestar: “Padres del Senado, finalmente he logrado mi mayor ambición. ¿Qué mas puedo pedir a los dioses inmortales, excepto poder gozar de vuestra aprobación hasta el día de mi muerte?”. (Suetonio. Vida de Augusto. 58.2). Anteriormente Augusto había rechazado el título ofrecido por una delegación del pueblo. El trabajo de una vida, daba sus frutos al ser reconocido de este modo por la totalidad de la sociedad romana.


Reconstrucción del Foro de Augusto. Siglo I a.C.
Fuente: Roma Capitale

           Al poco tiempo, el 12 de mayo de ese mismo año 2 a.C. para culminar los festejos se inauguró la joya arquitectónica del Principado, el gran Foro de Augusto presidido por el Templo de Marte Vengador, que celebraba en mármol el liderazgo de su emperador y la gloria de Roma. Para tal ocasión, Cayo y Lucio presidieron carreras de caballos y participaron en juegos troyanos junto con el más pequeño de sus hermanos, Agripa Póstumo (de 10 años). Asimismo se celebraron juegos de gladiadores y la matanza de 36 cocodrilos a mano de cazadores profesionales en un pequeño lago creado para tal fin en el Circo Flaminio.
 Sin embargo, el espectáculo más grandioso que tuvo lugar fue una naumaquia, es decir una gran batalla naval, la de Salamina entre persas y atenienses, para la cual se excavó al lado del Tíber un lago artificial de 550 metros de largo por 365 metros de ancho. En la contienda participaron 3.000 hombres, 30 trirremes y birremes perfectamente equipados y muchos otros barcos pequeños. Al igual que en la batalla real vencieron los atenienses. No está claro si la batalla fue real o simulada; si bien es cierto que Augusto prohibió los combates a muerte, también es raro que no corriera algo de sangre, tan habitual en los espectáculos romanos.

La Naumaquia. Ulpiano Checa. 1894. Colmenar de Oreja. Museo Ulpiano Checa
Fuente: «La naumaquia-Ulpiano Checa» de Poniol60 - Trabajo propio. Disponible bajo la licencia Dominio público vía Wikimedia Commons - https://commons.wikimedia.org/wiki/File:La_naumaquia-Ulpiano_Checa.JPG#/media/File:La_naumaquia-Ulpiano_Checa.JPG