domingo, 28 de septiembre de 2014

Caminando hacia Accio (37-32 a.C)

Tras la batalla de Nauloco, entre Octavio y Antonio comenzó un período de guerra fría que tendría su desenlace 6 años después en la batalla de Accio (31 a.C), la última gran guerra civil romana.


Busto de Octavio en su época de triunviro. 40 a.C. Roma. Museos Capitolinos

Una vez eliminados Sexto Pompeyo y Lépido, en Roma Octavio consolidó su poder; el joven triunviro cada vez sentía más la ciudad como suya y ésta se iba acostumbrando a reconocer en aquel muchacho de bello rostro al hombre que la protegía y velaba por sus intereses. Sin embargo, lo único que deslucía su imagen en fulgurante ascenso eran sus dudosas intervenciones en el campo de batalla. Esta circunstancia fue decisiva para que en estos años iniciara una guerra en Iliria (región agreste del Adriático que lindaba con Italia cuyos salvajes habitantes eran una fuente constante de conflicto). Aunque él estaba al mando de la operación, Agripa, su fiel guardián, permaneció a su lado en todo momento, aunque no pudo evitar que Octavio resultara gravemente herido cuando éste en una exhibición de gran valor se puso al frente de sus hombres. Quizás su propaganda exagerara la acción pero lo cierto es que ésta impactó en la opinión pública hasta el punto que el gran historiador Tito Livio escribiera sobre el cambio que experimentó Octavio comentando que “su belleza se realzó con la sangre y la dignitas del peligro en el que se encontró”. En el año 34 a.C., el sobrino nieto de César con 29 años comenzaba a dejar atrás la juventud.
Por su parte en Oriente, Antonio seguía recaudando fondos para su guerra contra Partia. Para ello, en el 37 a.C, había enviado a Octavia (que estaba nuevamente embarazada) de regreso a Roma a la vez que retomaba su relación sentimental con Cleopatra; ésta, que ya no era la cándida muchacha que él había abandonado encinta años atrás, a cambio de ayuda le exigió una serie de contrapartidas políticas y personales, entre las que destacaban una ceremonia que la convertiría en su esposa (aunque seguía casado con Octavia) y la cesión de algunos territorios tales como Creta, Chipre, parte del actual Líbano, Cilicia y otras regiones de Judea.


Moneda de Marco Antonio y Cleopatra

Toda esta situación, que irritó enormemente a Octavio, abriría una brecha profunda entre los dos colegas de gobierno. Cada vez se hacía más evidente que el mundo romano no podía ser regido por dos personas con criterios de gobierno tan diferentes: Antonio era un político tradicional dominado por sueños megalómanos que anhelaba ansiosamente la gloria en el campo de batalla, no obstante, ponía más afán en disfrutar los placeres de la vida que en alcanzar sus fines. Octavio, al contrario, era un trabajador incansable cuya manera de hacer política era totalmente novedosa y con una única obsesión: convertir Roma en la primera ciudad del mundo para desde allí consolidar la cultura romana por todos los territorios conquistados.
       Tras el fracaso de la campaña parta de Antonio en el 36 a.C., el futuro Augusto envió a su hermana Octavia a Atenas con ropa, provisiones, 70 barcos y 2000 hombres. Antonio lo consideró como una burla pues eran 20.000 los legionarios prometidos en Tarento. Enfureció y mandó una misiva a Octavia conminándole a dejar en Atenas lo que había traído al mismo tiempo que le ordenaba regresar a Roma. No sabemos hasta que punto Octavio usó a su hermana para minar la admiración que el pueblo romano aún sentía por Antonio, pues este mismo populacho adoraba a la joven. Octavio también la apreciaba mucho por lo que cuesta pensar en una clara mala intencionalidad en sus acciones hacia ella; no obstante, también es cierto que Octavio siempre exigió a los suyos el mismo sacrificio que el suyo en aras del bienestar de Roma; no sabemos desde cuando, pero lo cierto es que en esta época Octavio ya estaba convencido que Roma prosperara era imprescindible la eliminación de Antonio, aunque él no quería ser el desencadenante de una nueva guerra civil. No hay constancia de que Octavia mostrara resentimiento hacia su hermano aunque al volver de Atenas rechazó su oferta de instalarse con él en su casa del Palatino prefiriendo seguir residiendo en la villa de su esposo con todos sus hijos.

En 34 a.C., Marco Antonio resultó victorioso en una campaña en Armenia que en Roma fue recibida con gran frialdad. Por ello, lo celebró en Alejandría en una procesión que emulaba un triunfo romano. A pesar de que Antonio se cuidó mucho de acentuar las diferencias entre ambos desfiles, Octavio montó en cólera porque era inadmisible celebrar un triunfo por una conquista romana en ningún lugar que no fuera Roma. Sin embargo, la gota que colmo el vaso de la indignación en la capital del imperio fue la ceremonia que Antonio celebró en Alejandría conocida como las Donaciones. En ella, el triunviro sentado junto a la reina en sendos tronos de oro acompañados de sus hijos, los dos gemelos y el pequeño Ptolomeo Filadelfo (nacido en 36 a.C.) reconoció la legitimidad de Cesarión (el hijo mayor de Cleopatra) como hijo de César y repartió simbólicamente territorios entre los pequeños. Éste fue uno de los más graves errores de Antonio pues muchos de sus seguidores en Roma comenzaron a darle la espalda. La ruptura con Octavio era una realidad pues con las Donaciones no sólo estaba atentando contra el poder de Roma sino que ponía en duda la legitimidad de su colega triunviro como único hijo reconocido y heredero del dictador.


Territorios repartidos en las Donaciones de Alejandría

El 31 de diciembre de 33 a.C. expiró el Triunvirato y ninguno de los dos mostró ninguna intención en renovarlo. Esto fue el comienzo de una guerra difamatoria entre ambos cuyo final no podía ser otro que las armas. Las acusaciones se volvieron poco a poco más personales: Octavio criticó severamente a Antonio su afición a la bebida y su vida lujuriosa; éste contraatacó burlándose de los orígenes humildes de Octavio además de acusarlo de cruel y cobarde. Desgraciadamente de esta batalla dialéctica sólo se ha conservado un extracto de una curiosa carta de Antonio reproducida por Suetonio en el que acusa a su aún cuñado de hipocresía sexual: “¿Qué te pasa? ¿Es por qué me acuesto con una reina?: Es mi mujer. ¿No llevo haciéndolo desde hace 9 años? ¿Y qué pasa contigo? ¿Acaso sólo te acuestas con Drusila? Suerte, si cuando leas esta carta, no te has acostado con Tertula, o Terentila o con Fufila, o con Salvia Titisenia, o con todas ellas?¿importa acaso dónde y con quién sacias tu deseo?. (Suetonio. Vida de Augusto. 69.2).
En el 32 a.C. Antonio se divorció de Octavia y la obligó a abandonar su casa. La ofensa a una dama tan ejemplar y querida la hizo suya toda Roma, a quien no le importaba cuántas amantes pudiera tener Antonio pero que consideraba intolerable su matrimonio con una extranjera.
Y esa fue a gran baza que jugó Octavio, que ese año no ostentaba ningún cargo público (como estaba acordado, su consulado, había dado paso al de dos cónsules afines a Antonio). Por ese motivo, protegido por senadores afines, comenzó su batalla en el Senado contra la orientalización de Antonio y su sometimiento a la que él tachaba de hechicera y de mujer ambiciosa, cuyo máximo anhelo era dictar justicia en el Capitolio. Los cónsules contraatacaron contra Octavio; sin embargo, lo discursos del futuro Príncipe contra la pretensiones de la Reina egipcia empezaron a movilizar a todas las ciudades de Italia y de las provincias occidentales, que una a una fueron prestando juramento de lealtad a Octavio tal y como él mismo relata en el Cap. 25 de sus Res Gestae Divi Augusti “Italia entera me juró, por propia iniciativa, lealtad personal y me reclamó como caudillo para la guerra que victoriosamente concluí en Accio. Igual juramento me prestaron las provincias de las Galias, las Hispanias, África, Sicilia y Cerdeña”. Fue una jugada maestra pues no era él quien incitaba a la guerra sino que todo Occidente le imploraba que liderara la guerra contra el enemigo extranjero que amenazaba la soberanía de Roma. Los cónsules y algunos partidarios se vieron obligados a huir en busca de Antonio. Sin embargo, aún quedaban algunos seguidores en la capital plantándole cara a un Octavio, que dio el golpe de gracia al robar de la Casa de Vestales el Testamento de Antonio, en el que fue uno de los actos más impíos de su vida. En sus últimas voluntades, Antonio nombraba herederos a sus hijos egipcios, reconocía a Cesarión como único hijo de César y, lo que es imperdonable para un romano: pedía en caso de morir en Roma que su cuerpo fuera trasladado a Alejandría para ser enterrado junto a la reina Cleopatra. Muy pocos censuraron a Octavio por haberse hecho con el testamento de un hombre vivo de aquel modo pues era tal la aberración que produjo la última cláusula en la opinión pública  que no sólo Roma sino Italia entera declaró la guerra a Cleopatra y a su aliado, el traidor a su patria Antonio.


Casa de las Vestales. Roma 2013

jueves, 18 de septiembre de 2014

Reapertura de la Casa de Augusto y Livia en el Palatino


El gran regalo de Roma a Augusto para conmemorar el bimilenario de su muerte se ha materializado hoy en la reapertura de nuevas salas restauradas de la que fue su casa en el Palatino y de las estancias pertenecientes a su esposa Livia. Un presente no solamente para él sino para todos los amantes de la arqueología y del arte que se ha convertido en el más espléndido broche de oro de los homenajes que la Ciudad Eterna viene dedicando a su más amado emperador durante el año 2014.
Augusto abre las puertas de su hogar como nunca antes para mostrar al mundo una de las más espectaculares muestras de pintura romana; y no solo, pues esas esplendidas paredes en su intimidad nos desvelan el lado más humano del que fue venerado como un dios durante más de tres siglos. Una casa humilde, como era su  personalidad, pero decorada con el gusto más exquisito, evidencia del refinamiento de sus moradores.
A las 4 salas que se podían visitar desde el año 2008 (un dormitorio, el oecus, la sala de la rampa y el famoso estudio del emperador) se añaden la espectacular Sala de las máscaras (reflejo de la pasión de Augusto por el teatro) cuyas paredes se inundan de una arquitectura ilusionista resaltada por un impactante rojo pompeyano y la Sala de los pinos en la que los restauradores han sacado a la luz un olvidado papagayo que se suma a las guirnaldas de hojas de pino que la decoran. El recorrido continúa hacia la Biblioteca, el Triclinio del Príncipe y la Sala de las Perspectivas mostrada por primera vez al gran público cuyas pinturas evocan una especie de casa de muñecas en dos planos y que  casi 1300 años antes preludian a Giotto.

Sala de las máscaras



Sala de los Pinos

Papagayo de la Sala de los Pinos

Sala de las Perspectivas
Fuente: http://www.repubblica.it/cultura/2014/09/13/news/casa_di_augusto_restauro-95633971/#gallery-slider=95623789



     En el 2008 la Casa de Livia (las dependencias palaciegas destinadas a la famosa emperatriz) fueron también abiertas al público; sin embargo, fueron pocos los afortunados que pudieron contemplar las maravillosas pinturas que decoraban el día a día de la esposa de Augusto pues debido a la humedad debieron cerrarse al público al poco tiempo. A partir de hoy, tras una seria intervención destinada a sanear los espacios, podrán contemplarse en todo su esplendor las pinturas mitológicas del Tablino dedicadas a Argo y Mercurio así como la sala decorada con guirnaldas a base de motivos vegetales y el precioso Triclinio de la imperial pareja mostrado por primera vez al público. Algunas de estos maravillosos frescos han tenido que ser recogidos del suelo y reconstruidos como un puzzle gigantesco.

Detalle del Tablino

Detalle del Triclinio


Sala decorada con guirnaldas vegetales


          La casa que por años estuvo a la intemperie se ha protegido con una cubierta destinada a proteger un lugar único levantado en el suelo más sagrado de Roma, junto la cueva donde la loba amamantó a Rómulo y Remo  y que sin duda alguna se une desde ya a las que considero las tres joyas más preciadas de la Roma Antigua conservadas en la capital del Imperio: el Coliseo, el Panteón de Agripa y el Ara Pacis Augustae. 

domingo, 14 de septiembre de 2014

El Templo de Apolo Palatino

Reconstrucción del Templo de Apolo Palatino

           El Templo de Apolo Palatino fue prometido por Octavio en el 36 a.C. durante la Batalla de Nauloco. El futuro Augusto lo edificó en el lugar de su casa del Palatino que había sido destruido por un rayo y que los auríspices habían anunciado como elegida por el dios. Fue dedicado el 9 de octubre de 28 a.C. y cedido inmediatamente al Estado. Celebra igualmente la victoria sobre Marco Antonio en Accio.
Era una de las más magnificas construcciones del Principado, la primera dedicada por Augusto en honor de su dios protector.
El templo, que estaba realizado en mármol de Carrara, se elevaba sobre un alto podio; era hexástilo, pseudoperíptero (con medias columnas adosadas a la cella) y de orden corintio. 



Delante de él se alzaba una terraza artificial de grandes dimensiones (Area Apollinis) presidida por un pórtico de columnas adornado con esculturas de las Danaides. Esta terraza estaba conectada con la casa de Augusto a través de un pasillo cubierto decorado con pinturas murales.
      En el templo de Apolo y en la biblioteca (que completaba el recinto) se reunía con frecuencia el Senado romano como señal de sujeción del Príncipe a las antiguas instituciones republicanas.

Area Apollinis


           Las imágenes de culto en el interior de la cella, de gran valor artístico, la componían una escultura de Apolo de Scopas, una de Diana y otra de Latona (hermana y madre respectivamente del dios). Bajo el podio de la escultura de Apolo fueron depositados por Augusto los Libros Sibilinos (libros proféticos usados para adivinar el futuro). "Cuando por fin asumió a la muerte de Lépido el Pontificado máximo hizo reunir todos los libros proféticos griegos y latinos de autores desconocidos y poco dignos de crédito que se encontraban en circulación, más de dos mil, y los mandó quemar, conservando únicamente los Sibilinos, e incluso éstos después de haber hecho una selección; los guardó en dos cajas doradas bajo el pedestal de Apolo Palatino". (Suetonio. Vida de Augusto. 31).

Apolo Barberini. Posible copia de la escultura de Apolo de Scopas. Munich. Gliptoteca

Desgraciadamente del templo de Apolo sólo se han conservado restos del basamento y de algunos capiteles (de una decoración naturalista muy cuidada). En las excavaciones salieron también a la luz una seríe de paneles de terracota que representan escenas mitológicas en estilo arcaico como Perseo y Atenas con la medusa o la disputa de Hércules y Apolo por el trípode délfico (posiblemente evocadora de la disputa entre el propio Octavio y Marco Antonio, que se consideraba descendiente de Hércules). Con toda probabilidad decorarían el Area Apollinis.


Restos del Templo de Apolo Palatino


Terracotas del Area Apollinis. Roma. Museo Palatino
Video de Luigi Manfredi

martes, 9 de septiembre de 2014

La Batalla de Nauloco

Batalla de Nauloco

En el año 38 a.C, el Triunvirato disfrutaba de un período de relativa tranquilidad: en Roma, Octavio acababa de contraer matrimonio con la que sería el amor de su vida, Livia Drusila, mientras que Antonio vivía en Atenas los últimos tiempos de felicidad conyugal con Octavia, que lo serenaba y que día tras día limaba las asperezas entre su temperamental marido y su adorado hermano.
Sin embargo, el flamante nuevo matrimonio de Octavio supuso el divorcio de Escribonia, tía de Sexto Pompeyo, lo que precipitó la ruptura con éste. Sexto, hijo de Pompeyo Magno, ocupaba Sicilia desde hacía unos años, dominio que había sido confirmado mediante el Tratado de Miseno firmado en el 39 a.C. La isla proveía de grano a Roma, siendo el último bastión de resistencia republicana. Sexto se convirtió en una fuente constante de conflictos para el Triunvirato, pues cada cierto tiempo sometía a la capital del Imperio a grandes hambrunas cuando cortaba el suministro de trigo.
En el año 38 a.C. Octavio comenzó la guerra contra Sexto pero la campaña fue desastrosa pues tuvo que retirar sus barcos debido al temporal. Entonces, el hijo adoptivo de César pidió ayuda a Lépido (que no acudió a su llamada) y a Antonio, que se dirigió a Brindisi donde se había citado con su cuñado; sin embargo al no encontrarlo volvió a embarcarse de vuelta a Oriente muy enfadado con Octavio.
Éste por su parte, al verse abandonado por sus colegas triunviros, se centró en la construcción de una nueva flota que puso al mando de su gran amigo, Marco Vipsanio Agripa, recién llegado de la Galia, donde había obtenido importantes éxitos militares. Agripa, gran estratega además de genial en el campo de batalla, lo primero que hizo fue construir un amplio puerto interior, el Portus Iulius que conectaba el Lago Averno con el Lucrino y éste a su vez con el mar. El puerto fue usado secretamente para entrenar los barcos en tácticas de guerra naval. Entre otras cosas pudieron experimentar con un nuevo arma inventada por Agripa, el harpax, un arpón que se tiraba desde una catapulta situada en el barco y  que mejoraba el tradicional corvus.

Harpax inventanda por Agripa

Octavio se unió a él, por lo que dejó a Mecenas al cuidado de Roma e Italia, aún cuando éste no ostentaba ningún cargo público. Asimismo pidió de nuevo ayuda a los otros triunviros. Antonio en esta ocasión, y gracias a la mediación de Octavia, le envió 120 barcos a Tarento a cambió de 20.000 soldados de infantería para emplearlos en su guerra parta. Lépido, por su lado, también apoyó a Octavio. Así, los poderes del Triunvirato se renovaron por 5 años más, hasta el 31 de diciembre de 33 a.C.

Mosaico con naves romanas. Foro delle Corporazioni. Ostia Antica. 2013

El 36 a.C., Octavio, Agripa y Lépido lanzaron un tripe ataque contra Pompeyo. Una vez más Octavio estuvo a punto de perder la vida en la Batalla de Taormina, en la que fue derrotado. Agripa en cambio venció a Sexto en la batalla de Mylae, y posteriormente, el 3 de septiembre de ese mismo año en Nauloco, en la que fue la batalla definitiva. Agripa, demostró sus grandes dotes militares venciendo su gran primera batalla naval como único general al mando de los ejércitos de Octavio. Ambas flotas contaban con el mismo número de naves (300), pero Agripa sólo perdió 5 frente a las 28 naves pompeyanas que se hundieron en Nauloco. Sexto Pompeyo huyó a Oriente con 7 naves donde fue derrotado y muerto por hombres de Antonio.
Octavio condecoró a Agripa con una corona rostrata, un fabuloso reconocimiento que se le concedió al gran general por primera vez en la historia y que no volvería a conseguir nadie nunca más. Era una corona de oro decorada con arietes de barco que podría lucir cuando se celebrara un triunfo. Asimismo fue recompensado con el consulado en 37 a.C., una magistratura inaccesible para una persona de baja estirpe como Agripa; se le concedieron además extensas propiedades y la mano de una de las mayores herederas de Roma, Cecilia, la hija de Tito Pomponio ático, célebre amigo de Cicerón.

Corona rostrata

Moneda deAgripa luciendo la corona rostrata

La batalla de Nauloco es de vital importancia por dos motivos: por una parte supuso el fin de la resistencia republicana y por otro la eliminación de Lépido, que tras la batalla quiso apoderarse de Sicilia, pero sus tropas se amotinaron por lo que Octavio lo destituyó y lo desterró a un isla aunque le permitió seguir detentando su título de Pontifex Maximus. Octavio requisó sus tropas y las naves de Sexto Pompeyo. A partir de ese momento el mundo romano sólo conocería dos amos: Octavio en Occidente y Antonio en Oriente.
Al volver a Roma, después de solucionar el licenciamiento de parte de sus tropas, Octavio fue recibido con grandes honores, entre los que destacaba la tribunicia sacrosanctitas, o sea el carácter sacro santo de su persona. A cambio rebajó los impuestos. A su vez el joven añadió a su nombre el praenomen Imperator, pasando a llamarse Imperator Caesar divi filius. A partir de ese momento comenzó a desvincularse de la figura de César. Empezaba a ser alguien por méritos propios.

martes, 2 de septiembre de 2014

El Lupercal

Altar de la loba en el que el pastor Faustolo encuentra a los gemelos
Ostia Antica 2013

          La leyenda más antigua de Roma cuenta que Rómulo y Remo (sus fundadores) fueron amamantados por una loba en una gruta que según Dionisio de Halicarnaso, coetáneo de Augusto, se encontraba a los pies del Palatino, cercana al Tíber. Según el escritor griego, era grande, cavernosa, rodeada de encinas, con una fuente al fondo.
Augusto transformó aquel lugar oscuro en un magnífico santuario símbolo de la fundación de la ciudad, tal y como él mismo relata en sus Res Gestae Divi Augusti (19). Su situación geográfica cercana a su propio palacio (que englobaba la legendaria Campana de Rómulo) encerraba un mensaje político claro: el Príncipe se vinculaba así directamente con los míticos fundadores de Roma.
Precisamente la gruta santuario se convirtió en el centro de las fiestas que conmemoraban cada 15 de febrero el milagroso amamantamiento de los gemelos y en la que tenían lugar el rito de los lupercales, en los que en honor del dios Luperco (medio lobo, medio macho cabrío) jóvenes semidesnudos, cubiertos tan sólo por la piel de los animales sacrificados, corrían golpeando con tiras de piel a las mujeres romanas con la finalidad de purificarlas y de propiciar la fecundidad.


Los lupercales

El 25 de enero de 2007, durante un sondeo realizado en el marco de la restauración del Palacio de Augusto, la arqueóloga italiana Irene Iacopi descubrió  una cavidad a unos 15 metros de profundidad que ella misma y un gran número de especialistas han identificado con la sacra cueva del Lupercal. Aunque los arqueólogos están aún buscando la entrada a la gruta, el 20 de noviembre de ese mismo año fue explorada por una telecámara que mostró al mundo una estructura de paredes curvas y nichos; de 9 metros de altura x 7,5 de diámetro posee un magnífico cubrimiento de mosaicos decorados con conchas dominadas por un águila blanca (símbolo del Principado de Augusto) que destaca sobre un fondo azul. Una maravilla, en los subsuelos de una Roma, que no cesa de asombrar al mundo con los tesoros de su inigualable y legendario pasado. De confirmarse la identificación del Lupercal, sería un hito sin precedentes en la historia del arqueología, pues no sólo la leyenda tomaría vida sino que el mundo contemporáneo podría contemplar el lugar más sagrado de la historia de Roma, donde sus ancestros veneraban el origen mítico de la ciudad que cambió la faz de la tierra.
Corte transversal de la situación topográfica del supuesto Lupercal

Descenso al supuesto Lupercal

El supuesto Lupercal

Detalle del supuesto Lupercal

Detalle de mosaicos

Algo que parece corroborar la asociación del descubrimiento arqueológico con el Lupercal es el lugar donde se encuentra ubicado (entre el Circo Máximo, la ruinas Templo de Apolo Palatino y la Iglesia de Santa Anastasia) y lo que puede ser más significativo, la cercanía al Palacio de Augusto y la aparición de su águila blanca. Los expertos que se muestran contrarios alegan que según las fuentes escritas la gruta debería encontrarse más al oeste, en frente del templo de la Magna Mater y de la Victoria. Asimismo, las fotos que han salido a la luz no muestran imágenes de lobos. No queda más que esperar a que las excavaciones confirmen la hipótesis de un lugar que aun cuando no se correspondiera con la Gruta de Rómulo seguiría siendo extraordinario.
Lo que no suscita ninguna duda es la gran devoción que siempre han sentido los romanos hacia la loba, cuyo culto se siguió practicando hasta el siglo IV en el papa Gervasio I prohibió los Lupercales, celebración que derivaría con el tiempo en la actual Candelaria.
Pero nadie puede borrar las huellas de un pasado milenario, por lo que la loba amamantando a Rómulo y Remo sigue siendo el símbolo más universal de Roma y el testimonio vivo de la presencia romana en cualquier lugar del mundo.

La Loba a los pies del Capitolio. Roma 2013

Siena 2012

Mérida. 2005

París 2007

Galeria Vittorio Enmanuele. Milán 2014

        
Verona 2014