domingo, 29 de junio de 2014

Augusto y Livia

El 17 de enero del mismo año en que se renovó el Triuvirato en Tarento (38 a.C), Octavio siguió por primera vez en su vida los dictados de su corazón y, a pesar de las dificultades, contrajo matrimonio con la que sería su tercera y definitiva esposa, la hermosa Livia Drusila.

Livia Drusila. Siglo I a.C. Madrid. Museo Arqueológico Nacional

El mismo día que nació su hija Julia, el futuro Augusto se divorció de su esposa Escribonia alegando “que no podía soportar más su manera de molestarlo” (Suetonio. Vida de Augusto, 62, 2). Sin embargo, la verdadera razón residía en que se había enamorado perdidamente de una joven patricia romana 5 años menor que él: Livia. El inconveniente era que ella no sólo estaba casada con su primo Tiberio Claudio Nerón con el que ya tenía un hijo (el futuro emperador Tiberio), sino que además estaba nuevamente embarazada.
Sin importarle el escándalo que suponía llevar a cabo tal enlace, el virtuoso Octavio no escatimó esfuerzos para conquistar a Livia y llevarlo a buen termino, pues la joven no sólo le permitiría un matrimonio por amor, sino también le proporcionaría una alianza con la gens Claudia, uno de los clanes más poderosos de Roma; a pesar de los orígenes dudosos del triunviro, a Livia el matrimonio también le reportaría beneficios pues además de conseguir un marido riquísimo más joven y atractivo que le daría estabilidad y seguridad, por encima de todo, le facilitaría el acceso al poder político que él detentaba en esos momentos junto a Marco Antonio.

Augusto, Livia y Nerón. Siglo I d.c.

El primer esposo de Livia, Tiberio Claudio Nerón había luchado en Filipos contra los triunviros; no obstante, tras la derrota de Bruto y Casio se unió a la causa de Marco Antonio. Por este motivo se encontraba en Perugia con el hermano de aquel, Lucio Antonio, cuando Octavio asedió la ciudad. Tras la victoria de éste, Tiberio Claudio huyó con su mujer e hijo, lo que condenó a la familia a años de huidas y privaciones, hasta el punto que Livia y el pequeño Tiberio estuvieron a punto de perder la vida en más de una ocasión.
La suerte cambió para la joven patricia cuando el destino cruzó su vida con la de Octavio; éste prometió una amnistía al marido si se divorciaba de la muchacha, algo a lo que Tiberio Claudio accedió sin vacilar. Incluso no tuvo problemas en asistir a la boda pues ninguna mujer, por muy hermosa que fuera, era tan importante como vivir en paz.
            Superado este obstáculo, aún quedaba el escollo del avanzado estado de gestación de Livia por lo que la pareja se tomó un tiempo antes de convertir el compromiso en matrimonio. Respetuoso como era Octavio con las leyes, consultó la circunstancia al Colegio de Pontífices, que no dudó en dar su consentimiento. A pesar de ello, la boda se celebró algunos días después del nacimiento del pequeño Druso, que vendría al mundo el 14 de enero de 38 a.C; nada más nacer fue enviado junto con su hermano Tiberio de 3 años a casa de su padre. Livia se hizo cargo de sus hijos a partir de la muerte del que fuera su primer esposo acaecida en el año 33 a.C.

Matrimonio entre dos ciudadanos romanos. Museo de Capodimonte

            ¿Fue un matrimonio por amor? Por parte de Augusto indudablemente sí; así lo demuestran tanto las circunstancias en que se celebró la boda como el hecho de que no se divorciara de ella al no darle ningún hijo. Sólo en lo que respecta a Livia, antepuso Augusto sus sentimientos a los intereses de Estado, lo que le ocasionó los más graves conflictos de su gobierno, aquellos vinculados a la sucesión. Por su parte, no sabemos lo que podría sentir Livia hacia uno de los hombres que provocó la muerte de su padre (adversario en Filipos que se suicidó tras la derrota) y que además había sido el causante de sus años de penalidades como proscrita. Lo que está claro es que salió bastante favorecida con la unión. La bellísima escultura de Augusto encontrada en la villa que la emperatriz poseía en Prima Porta puede considerarse la más grande prueba del amor de Livia hacia su esposo. Cuando enviudó, se retiró a esa villa en las afueras de Roma y llevó con ella una copia de la más espectacular imagen del difunto emperador para venerarlo hasta el final de sus días. Lo que es seguro es que pasado el ardor de la juventud, Augusto y Livia se convirtieron en compañeros de vida, siendo su matrimonio uno de los más sólidos de la antigüedad; y no sólo eso, sino que Livia llegó a ser la mejor consejera y colaboradora del Príncipe en las tareas de gobierno. Él consultaba la mayoría de sus decisiones con ella, que demostró ser mucho más que un rostro bonito, una mujer inteligente, juiciosa y una excelente administradora: la gran mujer que se esconde detrás de cada gran hombre. Pero eso sí, la propaganda de Augusto nunca reconocería los méritos de Livia. Muy tiernas las palabras que le dedicó Augusto en su lecho de muerte: “Livia, conserva mientras vivas el recuerdo de nuestra unión”. (Suetonio. Vida de Augusto, 99,1-2).

Augusto de Prima Porta. Detalle. Siglo I d.C. Roma. Museos Vaticanos

  Su  matrimonio con Augusto duró 52 años, hasta la muerte del Príncipe, que la quiso y respetó más de lo que nadie amó a ninguna emperatriz;  a pesar de la influencia que ejercía sobre él, Augusto, nunca fue esclavo del sexo ni jamás se sometió a la voluntad de ninguna mujer. De hecho como era normal en la época no le fue fiel a Livia. 
            Esta es la primera de las reseñas que dedicaré a la primera emperatriz de Roma en los próximos días, una mujer excepcional maltratada sin piedad por algunas fuentes, la literatura y el cine.

lunes, 23 de junio de 2014

La Casa de Augusto en el Palatino

          “Habitó  primero cerca del Foro Romano, luego en el Palatino, en una casa modesta, nada notable por su amplitud ni por su adorno, pues sus pórticos eran pequeños, y sus habitaciones carecían de mármol o pavimento precioso. Durante más de cuarenta años ocupó el mismo dormitorio tanto en invierno como en verano, aunque sabía por experiencia que Roma en invierno era poco recomendable para su salud. Para cuando quería trabajar en privado o sin interrupciones, tenía un lugar reservado en el piso superior, al que llamaba, su taller”. 

           Suetonio. Vida de Augusto. 72, 1-2.

Casa de Augusto. Roma 2011

En mis paseos por la Roma de Augusto ningún lugar me ha emocionado más que las estancias de su casa que aún se conservan en el Palatino. Reabiertas al público en el 2007 tras 20 años de restauración, tuve el placer de visitarlas por primera vez en junio de 2011. Independientemente de su indudable valor artístico y sobre todo histórico, es difícil describir con palabras las sensaciones que te brinda el poder entrar en el interior de la que fue la vivienda del protagonista de este blog; sin duda alguna, la más hermosa de todas, percibir que te absorbe la misma atmósfera que envolvió no ya sólo al Príncipe sino al hombre sencillo que se escondía detrás de él. Recorriendo aquellas habitaciones pude exhalar el mismo aire que él respiraba e imbuirme de su presencia eterna entre esos muros que fueron testigos de su vida. Así, a la vez que me deleitaba con las exquisitas pinturas murales que el dueño del mundo contempló cada día, no me costó imaginarlo departiendo con Agripa y Mecenas, discutiendo con Livia algún asunto doméstico o paseando entre la frondosa vegetación de sus jardines para ver como el atardecer cubría de oro el perfil amado de Roma recortándose a los pies del Palatino. Ningún lugar más idóneo para descubrir al verdadero fundador del imperio romano.
La casa, mandada construir por Octavio en el 36 a.C. en la colina más sagrada de Roma, se encontraba en las cercanías del Lupercal (la cueva convertida en santuario donde según la leyenda la loba amamantó a Rómulo y Remo) y el Templo de Apolo Palatino con el que estaba conectada. De esta manera, una vez más el futuro Augusto vinculaba su imagen a los fundadores de Roma y al dios Apolo.


Fuente: Roma Capitale

Descubierta en 1969 era relativamente modesta para tratarse de la residencia del que llegaría a ser el hombre más poderoso del mundo. Aunque sigue el esquema de las domus romanas consistente en combinar estancias más simples de reducidas dimensiones para el uso privado (entre ellas las de la llamada Casa de Livia) con otros espacios más amplios destinados a la representación, su complejidad de estructuras radica en que Octavio la construyó  a partir de la fusión de un grupo de casas antiguas con la que había comprado al orador Hortensio Ortalo. Sus líneas sobrias, reflejan fielmente la personalidad de su propietario.
El ala norte (en la parte privada)  alberga las más famosas estancias de la casa: la Sala de las máscaras y la Sala de los pinos, cuyas maravillosas pinturas están ejecutadas magistralmente en el segundo estilo pompeyano; es decir aquel que se caracteriza por la representación de paisajes arquitectónicos en los que la profundidad se alcanza a través de la perspectiva. En la primera de ellas, unas máscaras teatrales coronan la arquitectura fantástica, cuyo espacio libre permite vislumbrar una panorámica de un paisaje. En el centro de cada una de las paredes se conserva una imagen de una divinidad rural. Esta estancia pone de manifiesto la pasión que Augusto sentía por el teatro. La conocida como Sala de los pinos exhibe, por su parte, guirnaldas de piñas que cuelgan entre delgadas columnas. Estas habitaciones han sido reabiertas al público el pasado 18 de septiembre.

Sala de las máscaras

Detalle de la Sala de las máscaras

Sala de los pinos

Las cuatro habitaciones situadas en ala este, al lado septentrional del peristilo, se podían ya visitar desde el año 2007: una de ellas estaba destinada al recibimiento de visitas (Oecus), otra pertenece a un dormitorio inferior, mientras que el pequeño estudio del piso superior, es el que menciona Suetonio como el espacio en donde Augusto solía retirarse en soledad. La última sala es una especie de rampa en la planta baja que comunicaba con la superior. Sus dimensiones son reducidas pero están decoradas con excelentes pinturas también del segundo estilo pompeyano de una altísima calidad, que reproducen en colores encendidos figuras fantásticas, motivos animales y vegetales junto a elementos arquitectónicos que dan profundidad a unas paredes que parecen abrirse al exterior creando ambientes refinados aunque no ostentosos.


Dependencias de la Casa de Augusto. Roma 2013

Peristilo. Roma 2013

Sala con rampa. Roma 2013

Detalle de la bóveda de Sala con rampa. Roma 2013

Oecus. Roma 2013

Oecus. Roma 2013

Detalle de máscara del Oecus. Roma 2013

Dormitorio. Roma 2013

Detalle de Dormitorio. Roma 2013

Estudio de Augusto. Roma 2013

Video de Luigi Manfredi

domingo, 15 de junio de 2014

Lujo en la vida privada en la edad augustea

La estabilidad política alcanzada durante el Principado de Augusto hizo posible un incremento de la riqueza en las clases nobles que tuvo como consecuencia la proliferación de artículos de lujo en las grandes villas propiedad de estas familias adineradas. La mayoría de estos objetos se encontraron entre las ruinas de las ciudades sepultadas por el Vesubio. En la exposición se han mostrado muchos de ellos de la época de Augusto, algunos muy curiosos que nos acercan a la vida cotidiana de una aristocracia romana, que a falta de autoridad, concentrada en el Príncipe, manifestaban su poder a través de la posesión de lujosos muebles y joyas.

  • Trípode con Brasero. Casa de Julia Félix. Pompeya. Siglo I a.C. Nápoles. Museo arqueológico Nacional.

          La Casa de Julia Félix es enorme y hermosa. Su magnífica decoración y las piezas encontradas entre lo muros testimonian el buen gusto de su propietaria, una mujer independiente gran aficionada al lujo. Este curioso brasero de bronce con temática erótica perteneció a esta exuberante pompeyana. En él, se concentra toda la atención en las patas que representan a sátiros sonrientes con el falo erecto en actitud de danza. Su terminación en pezuñas de animal impregna a la pieza de gran naturalismo. Este tipo de decoración tuvo gran influencia en el neoclasicismo.


  • Pie de mesa en forma de esfinge. Casa del Fauno. Pompeya. Siglo I a.C. Nápoles. Museo arqueológico Nacional.

            En la edad augustea las mesas conjugaban practicidad y elegancia. Había gran variedad de modelos realizados en distintos materiales; igualmente podían ser fijas o portátiles. Algunas alcanzan un altísimo grado de refinamiento, como la que debía apoyarse sobre este soporte realizado en mármol del pentélico con forma de esfinge sentada, que vincula directamente al propietario con la dignidad imperial, pues Augusto portaba un sello de firmar con una esfinge.


  • Trípode con vasija. Nocera. Siglo I a.C. Nápoles. Museo arqueológico Nacional.

            Conectando con la tradición griega este tipo de objetos vinculado al oráculo de Apolo se convierte en un instrumento de propaganda del Príncipe. De bronce,  otorga gran originalidad a la pieza, la talla en una de las patas de un asa rematada con una cabeza de pantera.


  • Candil con hoja de vid. Pompeya. Fines del Siglo I a.C. Nápoles. Museo arqueológico Nacional.

         Estas piezas ayudaban a crear un sugestivo ambiente, sobre todo en las habitaciones. Simpático el verso de Marcial al respecto. “Yo soy un candil, conocedor de los placeres de tu cama; cualquier cosa que hagas, yo la iluminaré silencioso” (Epigrama, 14, 39).
Muchas de ellas están ligadas al contexto dionisiaco, como ésta realizada en bronce  y decorada con una hoja de vid, que presenta dos mechas para una mejor iluminación.


  • Balsamario con forma de paloma. Siglo I d.C. Adria. Museo Arqueológico Nacional.

Realizado en cristal de Murano, este balsamario en forma de paloma de largo cuello, cuerpo ovoide y cola estirada, se usaba para contener polvos cosméticos o perfumes que se extraían a través de la un pequeño orificio tallado en la cola del ave.


  • Pendientes esféricos. Oplontis. Siglo I a.C. Nápoles. Museo arqueológico Nacional.

La pasión de la mujer romana por la joyería es tan grande que incluso algunos poetas lo recogen con ironía en sus versos: “No hay nada que una mujer no se permita, no siente vergüenza de nada, cuando puede llevar al cuello esmeraldas verdes y en las orejas alargadas perlas” (Juvenal. Sátiras., VI, 457-459).
La joyería romana de los primeros años del imperio queda extensamente ilustrada en la gran cantidad de piezas encontradas en las vesubianas: Pompeya, Herculano y Oplontis. Se caracteriza por líneas sobrias y superficies lisas a veces contrastadas con apliques cromáticos obtenidos a través de piedras preciosas y perlas. En este caso, estos preciosos pendientes de oro muestran su superficie semiesférica granulada.


  • Pulsera en forma de serpiente. Tesoro de Boscoreale. Siglo I a.C. París. Museo del Louvre.

            Otra joya muy utilizada por las mujeres romanas son las pulseras en forma de serpiente como en este ejemplar en oro que muestra un gran naturalismo y virtuosismo en la talla de las escamas del reptil.

domingo, 8 de junio de 2014

Virgilio profetiza la Edad de Oro


Publio Virgilio Marón. Nápoles. Parque Virgiliano

El papa Urbano VIII la primera vez que citó en audiencia al arquitecto y escultor Gian Lorenzo Bernini (el único artista parangonable al gran Miguel Ángel Buonarotti) lo recibió con estas palabras:  “Es gran fortuna la vuestra, caballero, ver papa al cardenal Maffeo Barberini, pero bastante mayor es la nuestra que el caballero Bernini viva en nuestro pontificado” (Passeri. Vite de Pittori, scultori e architetti che hanno lavorato in Roma). Augusto hubiera podido ciertamente expresar lo mismo en relación a Publio Virgilio Marón, el mejor poeta latino, que ensalzó como ningún otro tanto al primer emperador como a la bienaventuranzas de su Principado.
Coincidiendo con el Tratado de Brindisi que culminó con el matrimonio de Marco Antonio y Octavia, el poeta de Mantua, escribió la famosísima Égloga IV de sus Bucólicas, en la que celebra la paz alcanzada y anuncia el nacimiento de una nueva Edad de Oro para la humanidad.
“¡Musas sicilianas, cantemos cosas un poco más elevadas! No a todos agradan los árboles y los humildes tamariscos. Se aproxima ya la última edad de la profecía de Cumas. El gran orden de los siglos renace íntegramente. También regresa la Virgen; regresa el reinado de Saturno. Una nueva progenie desciende de lo alto del cielo. Tú, Casta Lucina, protege al niño que va a nacer; con él terminara la generación del hierro y una de oro surgirá en todo el mundo. Ahora reina Apolo, tu hermano. Y en concreto, contigo, Polión, durante tu consulado, comenzará este siglo glorioso y empezarán a correr los grandes meses. Bajo tu mando, si algunos vestigios quedan de nuestro crimen, borrados, liberarán al mundo de su perpetuo terror. Él recibirá la vida de los dioses y verá a los héroes mezclados con los dioses, y él mismo será contemplado entre ellos y gobernará con las virtudes paternas un orbe pacificado. Para ti, niño, sin que nadie la cultive, prodigará la tierra sus primicias, errantes hiedras y nardos silvestres por doquier. Por sí solas las cabras traerán a casa sus ubres henchidas de leche y no temerán los rebaños a los grandes leones. Tu propia patria hará brotar para ti hermosas flores. La serpiente morirá y morirán las falaces plantas venenosas. Y en cuanto puedas leer los elogios de los héroes y las hazañas de tu padre y saber qué es el valor, habrá también otras guerras y de nuevo el gran Aquiles será enviado a Troya. Encamínate a los supremos honores ¡Oh, hijo amado de los dioses, noble vástago de Júpiter! Observa el Universo que se mueve por la fuerza de la bóveda celeste, y las tierras  y los espacios del mar y el alto cielo. Mira como todas las cosas se regocijan en el siglo que va a llegar. Oh, permanezca en mí, entonces, un último aliento de mi larga vida, el espíritu y cuanto sea necesario para cantar tus proezas. Empieza pequeñín, a reconocer a tu madre con una sonrisa. A quien no ha sonreído a su madre, ningún dios lo ha considerado digno de su mesa ni diosa alguna de su lecho”.
Es increíble la gran cantidad de interpretaciones y matices que esconden estos bellísimos versos que yo he resumido. Lo evidente, es que el poeta se hace eco de la felicidad y el optimismo reinante en aquel momento de paz entre los dos grandes hombres que compartían el gobierno del Imperio. Pero, ¿quién es el bienaventurado niño al que glorifica Virgilio?; cuando escribió la Égloga, tanto Escribonia (mujer de Augusto) como Octavia (esposa de Antonio) estaban embarazadas, de ahí que la teoría más factible es que se refiera a uno de ellos aunque algunos autores creen que se refiere al hijo del cónsul Polión (nombrado en el texto); para mí resulta obvio que por la gran adhesión del poeta a Octavio (al que estaba muy unido desde que éste a instancias de Mecenas le devolvió las tierras que le habían sido confiscadas), debe referirse al futuro hijo de aquél o incluso al Príncipe mismo, gobernante jovencísimo que aún se estaba gestando en el papel de Soberano del mundo. Igualmente, es fácil asociar toda la prosperidad que el poeta profetiza con las bonanzas de la paz inmortalizadas en mármol en el Ara Pacis Augustae y en los exquisitos paneles conservados de una Fuente de Praneste (Relieves Grimani). Incluso me aventuro a pensar que Virgilio habla de nuevas guerras porque, muy a su pesar, debía intuir que el mundo era demasiado pequeño para que lo compartieran dos líderes de la talla de Octavio y Marco Antonio. Si analizamos como los dos acabaron enfrentándose en Accio, tomarían sentido hasta los versos que se refieren a la muerte de la serpiente (animal sagrado asociado históricamente a los reyes egipcios y  muy especialmente a Cleopatra VII).
Ironías del destino, tanto Escribonia como Octavia dieron a luz sendas niñas.
Por su parte, numerosos autores cristianos vieron en esta Égloga el anuncio del nacimiento del Mesías ya que Jesucristo nació durante el gobierno de Augusto, dos décadas después de la publicación de las Bucólicas. Las coincidencias con el mensaje bíblico son muy interesantes: el regreso de la Virgen, la muerte de la serpiente (símbolo del Pecado original de Eva), el nacimiento del niño en sí que traerá una nueva era, e incluso los últimos versos que hablan del pequeño sonriendo a la madre parecen evocar cualquier imagen en la que el niño Jesús se representa tiernamente en brazos de María. Por ello, Virgilio se consagró como el anunciador del cristianismo, siendo considerado un escritor con alma cristiana. Esa concepción lo convirtió en el poeta preferido de la Edad Media y en el elegido por Dante  Alighieri para guiarlo en el descenso al Purgatorio y a los Infiernos en su Divina Comedia.

Dante y Virgilio en La Barca de Dante. Eugène Delacroix. 1822. París. Museo del Louvre

Sea cual sea la interpretación dada al relato, lo cierto es que Virgilio estuvo especialmente inspirado al escribir la Égloga IV, que por encima de todo es un canto a la Paz, tan anhelada por un pueblo romano hastiado de guerras civiles.

martes, 3 de junio de 2014

Octavia, Señora de Roma

Octavia. Siglo I a.C. Roma. Museo de las Termas

Octavia, la hermana de Augusto, es sin lugar a dudas el personaje que más me conmueve de todos los que lo rodean. Leal, honesta, siempre al servicio de Roma y de su hermano, defendió los intereses de su marido, Marco Antonio, aún cuando éste la había repudiado y humillado ante todo el mundo. Mujer de grandes valores y nobleza de espíritu reunía todas las virtudes de las tradicionales matronas romanas.
Octavia Menor nació el 69 a.C., por tanto era 6 años mayor que Augusto. Ambos tenían una hermanastra, Octavia Mayor, fruto de un matrimonio anterior de su padre. Los dos más pequeños estaban muy unidos, mucho más de lo que era frecuente en la estricta sociedad romana. Sin embargo, el futuro emperador y Octavia nunca ocultaron el gran afecto mutuo que se profesaban.
La joven tuvo una infancia feliz en Velletri. En el 54 a.C fue dada en matrimonio a Cayo Claudio Marcelo, un miembro distinguido de la poderosa gens Claudia, 20 años mayor que ella. Con anterioridad Julio César (que era su tío abuelo) la había ofrecido a Pompeyo como esposa. Éste, que acababa de enviudar de Julia (la hija de César) rechazó la oferta. De haberse producido el matrimonio quizás hubiera podido evitarse una guerra civil. A pesar de que Marcelo era contrario a César, el dictador lo perdonó y su joven sobrina vivió un matrimonio más o menos feliz. De esta unión, Octavia tuvo tres hijos: las dos Marcela y en 43 a.C., el que sería la gran alegría de su vida, el único varón que trajo al mundo, Marco Claudio Marcelo. Durante este período prestó ayuda a muchos de los condenados por las proscripciones ordenadas por el triunvirato, de ahí el amor y la admiración que todos sentían por ella.
En 41 a.C, a la edad de 29 años y embarazada de su tercera hija se quedó viuda. Sin embargo, ese mismo año por decreto senatorial casó en segundas nupcias con Marco Antonio en un matrimonio que debía consolidar la posición del triunvirato. Marco Antonio acababa de enviudar de su esposa Fulvia al mismo tiempo que había abandonado a Cleopatra, que había dado a luz a sus gemelos, fruto del invierno que habían pasado juntos en Alejandría. Octavia se convirtió en la mujer más poderosa de su tiempo, al ser hermana y esposa de los dos romanos más influyentes de su tiempo. El matrimonio fue acogido y celebrado por Roma con gran júbilo pues significaba el triunfo de la paz.

Moneda con Marco Antonio en el anverso y Octavia en el reverso

Entre el 40 y el 36 a.C., la nueva pareja vivió en Atenas junto con los tres hijos de ella y los dos de él. ¿Fue una unión feliz?. No hay nada que indique lo contrario. A pesar de la diferencia de caracteres, Antonio era un hombre que sabía satisfacer a cualquier tipo de mujer mientras que Octavia era considerada una de las mujeres más hermosas del mundo, mucho más que la reina Cleopatra. Por otro lado, su carácter paciente y dulce aportaba al triunviro una estabilidad y serenidad de la que nunca había disfrutado. Los cuatro años que estuvieron juntos mostraron al Marco Antonio más centrado y volcado en sus tareas de gobierno. La mediación de Octavia entre los dos triunviros otorgó un período armonía al mundo romano. Del matrimonio nacieron dos hijas: Antonia Mayor (abuela de Nerón) y Antonia Menor (madre de Claudio).
Pero un espíritu lujurioso como el de Marco Antonio no podría ser dichoso eternamente junto a la virtuosa Octavia. Por ello, y ante algunas divergencias surgidas con su cuñado Octavio (que Octavia logró aplacar en parte consiguiendo la renovación del triunvirato en Tarento), Antonio abandonó a su esposa romana y volvió a los brazos de Cleopatra.
            No obstante, Octavia continúo viviendo en Atenas fiel a su marido y al cuidado de los 7 niños a su cargo. En el 35 a.C., deseando reconciliarse con su esposo partió tras él con dinero y tropas para su campaña contra los partos. Éste le ordenó dejar los pertrechos para la guerra en Atenas y volver a Roma. Al llegar allí, Octavia rechazó la propuesta de su hermano de vivir con él y se instaló con sus hijos y los de Antonio en la casa de aquel, permaneciendo leal a sus intereses como una buena esposa romana. Residió allí hasta que en el 32 a.C. Antonio se divorció de ella y le exigió abandonar su casa. Aún así Octavia llevó con ella a los hijos de Antonio y Fulvia a los que continuó educando junto a los suyos propios. Humillación tras humillación, Octavia jamás mostró deslealtad ni rencor hacia su marido. Su nobleza no tenía fin, hasta tal punto que tras la batalla de Accio (que supuso en el 31 a.C. la muerte de Marco Antonio y Cleopatra), acogió también a los pequeños hijos de aquella funesta unión.

Octavia

            Cuando Augusto se hizo con el poder absoluto, Octavia (que no volvió a casarse) vivió los años más felices de su vida dedicada en exclusiva al cuidado de la numerosa prole a su cargo y, en especial a Marcelo, su hijo más querido, al que vio convertirse en un espléndido adolescente adorado por el mismo Príncipe. De hecho, éste aunque no lo adoptó como hijo lo casó en el 25 a.C. con su única hija Julia, lo que suponía considerarlo su heredero por delante de los hijos de su esposa Livia. Augusto nunca ocultó la debilidad que sentía por su joven sobrino, y al igual que César había hecho con él, Marcelo lo acompañaba en casi todos los actos públicos al mismo tiempo que lo cubrió de honores, quizás desmedidos para su corta edad, como desfilar con tan sólo 12 años a su derecha en el triunfo celebrado tras la victoria de Accio. A causa de Marcelo, tuvo Augusto las únicas desavencias con Agripa, a quien le costaba digerir los excesivos mimos y atenciones que aquel dedicaba al muchacho.

Marcelo. Siglo I a.C, París. Museo del Louvre

Sin embargo, este momento dichoso de Octavia se vio truncado funestamente en el 23 a.C. debido a la repentina e inesperada muerte del joven causada probablemente por una epidemia que asolaba Roma ese año. Y entonces el alma de Octavia que  había soportado durante su vida tristezas de todo tipo se rompió en mil pedazos. La muerte de Marcelo la sumió en una profunda depresión de la que nunca se recuperó; vistió luto el resto de su vida, se alejó de la vida pública e incluso evitaba encontrarse con su hermano viviendo en soledad y amargura los últimos años de su existencia hasta su muerte acaecida en el 11 a.C.
 Un último sacrificio de Octavia por Roma fue consentir que su hija Marcela Mayor se divorciara de Agripa a fin de que éste pudiera casarse con la viuda Julia, hija de Augusto. Para la posteridad queda el momento en que Virgilio ofreció una lectura privada de su Eneida a la familia imperial; al pronunciar los bellísimos versos dedicados al desafortunado Marcelo, Octavia se desmayó delante de todos.
“Y entonces Eneas, que a su lado marchar veía a un joven de hermoso aspecto y armas brillantes, mas ensombrecida su frente y los ojos en un rostro abatido, preguntó ¿Quién padre, es aquel que así acompaña el caminar del héroe? ¡Qué estrépito forma su séquito! ¡Qué talla la suya! Pero una negra noche de triste sombra vuela en torno a su cabeza. A lo que el padre Anquises sin contener las lágrimas repuso:. ¡ay, hijo! No preguntes por un gran duelo de los tuyos; los hados lo mostrarán a las tierras solamente y que más sea no habrán de consentir. ¡Pobre muchacho, ay! Si puedes quebrar un áspero sino, tú serás Marcelo. Dadme lirios a manos llenas, que  he de cubrirlo de flores” (Eneida. Virgilio. Libro VI).

Octavia se desvanece en el regazo de Augusto durante la lectura de la Eneida. Musee Toulousse

Por primera vez en su vida el dolor desgarrado de una madre se impuso al rígido protocolo de la familia imperial en una muestra más de la gran humanidad de Octavia, quien agradecida al poeta, le donó diez mil sestercios por los conmovedores versos. Éstos, junto al maravilloso teatro que su tío le dedicó, han perpetuado la memoria de Marcelo hasta nuestros días.
            ¿Y cómo era Octavia en realidad?. Los escasos retratos fiables que de ella se conservan y las fuentes nos muestran a una mujer bellísima, de delicadas facciones y exquisita elegancia. Su carácter virtuoso se reflejaba en su manera de vestir, recatada y al antiguo estilo romano. Mujer innovadora, puso de moda el nodus, primer peinado femenino romano que se conoce. Consistía en una especie de tupe sobre la frente, el resto del cabello se recogía en un moño realizado a base de trenzas sobre la nuca; a ambos lados de la cabeza se dejaban dos mechones ahuecados mientras que el resto del pelo se fijaba muy tenso. Este peinado reforzaba su imagen de castidad. Por ello, su cuñada Livia lo copió y universalizó aunque con algunas variaciones.

Peinado nodus en Octavia

            Se ha hablado mucho sobre una posible rivalidad entre las dos mujeres, lo que no es de extrañar sobre todo por parte de Livia. Un carácter tan bondadoso y altruista como el de Octavia es difícil que se dejara gobernar por bajas pasiones. Sin embargo, alguien tan temperamental y controlador como Livia, probablemente sentía celos de la gran influencia de su cuñada sobre su esposo, del amor que le tenía a Octavia el pueblo romano, de la importancia de aquella en la situación política, de las atenciones de Augusto a Marcelo en detrimento de sus hijos….No obstante, la emperatriz era demasiado inteligente para dejar aflorar esos sentimientos y siempre apoyó al Príncipe en todas sus decisiones; de ahí la devoción incondicional que aquel le profesaba. Sólo la pérdida de Marcelo llevó a Octavia a sentir rencor hacia Livia, ante la suerte de ésta de poder disfrutar de sus dos hijos.

Livia y Octavia. Copias de esculturas en mármol en el Museo del Ara Pacis
Roma. 2013

Octavia recibió grandes honores por parte de su hermano: fue la primera mujer romana cuyos retratos se exhibieron en lugares públicos así como el primer rostro femenino que se esculpió en una moneda. Además, Augusto le dedicó el  Pórtico que aún hoy lleva su nombre junto al teatro dedicado a su hijo. Octavia y Marcelo permanecerían unidos para siempre en su sepultura en el Mausoleo de Augusto, tal y como demuestra la lápida que compartían encontrada en su interior y que aún se conserva. El último anhelo cumplido de una mujer extraordinaria.


Pórtico de Octavia. Roma 2013

Epígrafe de Marcelo y Octavia